Antes de ser una ciudad fue una parada; después llegaron los loteos, las fábricas, los vascos, los polacos, los obreros y hasta Albert Einstein. Diez historias para entender cómo se construyó uno de los territorios más particulares de Lomas de Zamora.
Llavallol empezó, como tantos lugares del conurbano, esperando un tren. En 1885, cuando se inauguró el ramal hacia Cañuelas, aquella parada recibió el nombre de Felipe Llavallol, en homenaje al expresidente del Ferrocarril Oeste. Cinco años más tarde apareció la estación que terminaría organizando el pueblo alrededor suyo: vías, calles, negocios, casas. El ferrocarril no llegaba a Llavallol; en buena medida, Llavallol empezó a existir porque llegó el ferrocarril.

Después hubo que vender la tierra. El 9 de mayo de 1909, Volpi y Compañía remató los primeros lotes de una extensión que pertenecía a Martín Enz. Antonio Seijas compró la primera parcela y levantó allí una vivienda. Es curioso pensar las ciudades así: primero un martillero, después una escritura, después una familia. Donde hoy hay tránsito, escuelas y comercios alguna vez hubo alguien preguntando cuánto valía ese pedazo de barro.

Pero Llavallol sería, sobre todo, una ciudad de fábricas. En 1908 se instaló la Cervecería Bieckert. La historia cuenta que Emilio Bieckert mandó realizar decenas de perforaciones hasta encontrar allí un agua especialmente apta para producir cerveza. Con la fábrica llegaron trabajadores y con los trabajadores llegaron barrios, clubes, almacenes, idiomas. El director Gastón Mazurkiewicz favoreció la llegada de obreros polacos y alrededor de Antártida Argentina, Camino de Cintura, Polonia y Pobladora nació el llamado Barrio de los Polacos. También llegaron ucranianos, rusos, alemanes, lituanos e italianos. El conurbano todavía no se llamaba conurbano, pero ya hacía lo que mejor sabe hacer: mezclar.

Antes incluso, en 1904, la comunidad vasca había comprado unas veinte hectáreas para levantar Euskal Echea —Casa Vasca—, un enorme complejo con colegio, capilla y hogar para adultos mayores. Y en 1925 abrió el Teatro Cosmopolita, construido sobre un terreno cedido por Bieckert a sus trabajadores. El nombre era casi una declaración de principios: cosmopolita. Un teatro en un pueblo de inmigrantes que durante décadas funcionó como cine, sala de espectáculos y lugar de encuentro. Mucho tiempo después, vecinos organizados impulsaron su recuperación.

Llavallol también guarda muertos de otros credos. En 1898 se habilitó el llamado Cementerio de Disidentes, pensado principalmente para británicos y comunidades protestantes: anglicanos, presbiterianos, metodistas. Ocupó terrenos vinculados a la antigua estación y terminó convertido en el actual Cementerio Parque Bosques de Santa Catalina. La palabra “disidente” parece hoy extraña; entonces servía para separar hasta después de la muerte a quienes no pertenecían a la religión dominante.
Y está Santa Catalina, que obliga a retroceder todavía más. Allí se asentó en 1825 una colonia escocesa y funcionó más tarde una experiencia pionera de enseñanza agropecuaria científica. El predio fue declarado Lugar Histórico y Monumento Nacional en 1961. Antes de las fábricas y los colectivos, antes de las casas bajas y Camino de Cintura, ese territorio ya era un pequeño laboratorio de la Argentina que intentaba construirse.
En 1925 apareció un visitante improbable: Albert Einstein. Durante su estadía en la Argentina, el físico pasó parte de su tiempo en una finca de la zona de Llavallol. Por esas tierras también transitó Eduardo de Windsor, heredero de la corona británica. Dos personajes que parecen pertenecer a otro mapa y que, por un momento, terminaron en este punto del sur bonaerense.

Después llegó Firestone. A comienzos de la década de 1930, la fábrica de neumáticos reforzó definitivamente el perfil industrial de la localidad. A ella se sumaron empresas como VASA, Colgate-Palmolive y Canale. Miles de personas entraban y salían de esas plantas cada día. Durante décadas, decir Llavallol era también decir fábrica, turno, sirena, colectivo, bicicleta apoyada contra un portón.
Así podría contarse Llavallol en diez datos: un tren, un loteo, una cervecería, los vascos, los polacos, un teatro, un cementerio, Santa Catalina, Einstein y las fábricas. Pero los pueblos nunca caben del todo en diez datos. Queda lo demás: las casas construidas alrededor de esos acontecimientos, los hijos de aquellos inmigrantes, los negocios que cambiaron de dueño, los obreros que dejaron de escuchar las sirenas. Y esa persistencia tan conurbana de un lugar que cambia sin terminar nunca de borrar lo que fue.

